miércoles, 8 de octubre de 2014

Gerda Taro

"Cuando piensas en toda esa gente que conocimos y ha muerto en esa ofensiva, - Guerra Civil española - tienes el sentimiento de que estar vivo es algo desleal"
(Gerda Taro, unos días antes de morir)

martes, 1 de abril de 2014

2 de abril de 1939

No hablamos más sobre el tema de la guerra, empezaron los recuerdos del fútbol, los toros, de las turolenses guapas nos pasamos al Salduba (después Dorado) y nos alegramos con unos chatos de vino sobre un rudimentario mostrador de tablas viejas. Ambos debían regresar a Zaragoza, los acompañé hasta la entrada de la Escalinata del Óvalo. Armando y yo nos dimos un fuerte abrazo. Esperé a que hiciera lo mismo Ernesto, sólo se limitó a darme la mano tímidamente y yo apreté con la débil fuerza que tenía mi brazo. Los vi bajar por la Escalinata camino de la estación.
Como era muy pronto, por San Julián, paseando poco a poco, llegué hasta el cerro de Santa Bárbara y me arrodillé en su cima. Desde allí veía Castelfrío como un gigante hambriento. ¡Allí estaban ellos! ¡Mis “hermanos”! ¡Hojas muertas subidas al cielo! ¡Pobres! ¿Por qué? ¿Por qué? ¿Por qué? No hallaba respuesta. Recé por sus almas puras e inocentes.


2 de abril de 1939. Ayer acabó la Guerra Civil, gracias a Dios todos estamos bien, el único herido he si yo. La anquilosis del brazo derecho me hace tener complejo de inferioridad, intento superarlo y creo que no me impedirá trabajar. En poco más de un mes cumpliré veinte años. La vida continúa…

domingo, 16 de diciembre de 2012

75 años de la Batalla de Teruel



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Fragmento del capítulo 18 de Los quintos del 40


Poco después oímos el ruido del motor de un camión, venía por la calle de la Pescadería; en efecto, era un camión al parecer vacío, pero dentro iban doce hombres sentados en el suelo de la caja del vehículo. Ahora, el piquete de la Guardia Civil estaba en posición de firmes, el silencio en toda la plaza era absoluto, no se oía ni una mosca. Dos guardias solicitaron voluntarios para una “misión patriótica”. Nadie se prestó voluntario. Al fin salieron dos de los voluntarios, eran dos falangistas que “ya” llevaban  grandes pistolas en la mano apuntando al suelo. Paró el camión a tres metros del joven atado a la espalda. De la cabina del camión salió un cura, en la mano izquierda llevaba alzado un crucifijo. Un guardia abrió la  puerta trasera del camión, dos guardias hicieron bajar a la fuerza a dos hombres que iban atados entre sí por las manos, uno no quería bajar y sollozaba, casi a la fuerza los pusieron junto con el atado a la espalda y mirando hacia la cuesta de San Pedro, de espaldas al público. El cura les daba a besar el crucifijo, dos de ellos lo besaron, el tercero lo escupió, algo les decía o rezaba, luego se separó de ellos mirando al cielo. Se quedaron solos los tres. Se acercaron los dos falangistas, uno era cojo, le llamaban el Cojo de Cella, después se haría tristemente famoso por sus numerosas ejecuciones, el otro era un joven que no tendría los diecisiete años. Se acercaron los dos falangistas por la espalda, alzaron la pistola a la altura de la nuca a medio metro y dispararon. Cayeron instantáneamente al suelo, luego dispararon sobre el tercero. En el suelo y con un tiro de gracia en la cabeza acabaron con sus vidas. La misma penosa escena se repitió una, dos, tres veces… En la cuarta bajaron del camión a Don Germán Araujo, catedrático de matemáticas de la Escuela Normal del Magisterio junto con el Manco, un hombre que había tenido un quiosco de periódicos al pie de la columna del Torico y un tercero que sólo conocía de vista y era ferroviario. “El cojo de Cella”, que había estudiado para maestro, eligió su víctima, Don Germán, se le acercó tuteándole y diciéndole:


–¡Germán! Ya no me suspenderás más –y levantando la pistola le pegó tres tiros en la cabeza. En el suelo, como a los demás, le dio el tiro de gracia. Los trece eran un montón de carne humana. La sangre empezó a correr por la bajada de la calle Nueva hasta el Óvalo. Todos eran de Teruel y su ajusticiamiento lo habían presenciado muchos de sus familiares y amigos íntimos, fue algo horrendo e inhumano. Eran turolenses, de los que habían corrido la vaquilla, que habían oído cada año las campanas de la catedral el día del Corpus, que les gustaba jugar al guiñote en el café Salduba, en el Mercantil… que el día de Pascua habían celebrado, en la Cuesta de la Cera, en los llanos de San Cristóbal, el “sermón de las tortillas”. Jamás, ni en lo más remoto, hubieran pensado que podrían morir de aquella manera.


El espectáculo terminó. Los curiosos habíamos pagado bien cara nuestra curiosidad, ninguno en nuestra vida habíamos presenciado un espectáculo tan horrendo y dramático, a mi lado a Moisés Salvador le caían las lágrimas y se fue en silencio, un silencio que lo decía todo. En el paladar llevábamos el amargo sabor de la pólvora y la sangre. En nuestros ojos nublados llevábamos reflejados los rostros de angustia y asombro de los que iban a morir cuando los bajaban del camión, en nuestro interior nos preguntábamos, nos exclamábamos e interrogábamos:


–¿Era un mal sueño?
–¿A dónde íbamos a parar?
–¡Oh! ¡Aquel montón de carne turolense!
–¡No, no, no era una realidad! ¡No podía ser!


En aquellos momentos envidié a Moisés por haber podido soltar las lágrimas, yo sólo tenía los ojos empañados, no podía llorar, tenía un nudo en la garganta que no me dejaba tragar saliva, había quedado muy triste y la cabeza me daba vueltas. La fuerza pública desalojó la plaza y todos marchamos como alelados y en silencio. Allí quedaron los muertos y en el mismo camión que los llevaron para morir los cargarían y trasladarían a una fosa común, donde los echarían y luego los cubrirían con cal para que se pudrieran sus cuerpos.
Esa fosa estaba a once kilómetros de Teruel, en el término de Caudé, era un pozo muy profundo. Allí, a orilla del pozo llevaban a los condenados a muerte, les daban un tiro en la nuca y los empujaban al fondo así encontró la muerte el íntimo amigo de mi hermano Andrés, Manuel (el Valenciano), también el cajero del Banco Hispano Americano, compañero de Guillermo y un chiquillo de catorce años, vendedor ambulante del bisemanal CNT. El motivo de la muerte de este chiquillo no era otro que el hecho de vender dicho periódico y todo el que lo conocía, le llamaba “Ceneté”. El pozo llegó a llenarse, poco a poco fuimos enterándonos de la gran masacre que se había  producido en Teruel. Incluso muchos turolenses simpatizantes del general Franco se horrorizaron y censuraron tal acción criminal.
Llegué a la tienda, Manolo Garitas continuaba cargando cartuchos con la cabeza baja, estuvo un rato sin hablar. Cuando lo hizo tenía los ojos rojos de haber llorado, había oído los disparos y le habían dicho de qué se trataba.